viernes, 17 de febrero de 2012
lluvia
De repente, le agarró un deseo ansioso de que lloviese. No sabía por qué. Ni quería detenerse a pensarlo. Estaba abstraída en su propio mundo, pero dentro de tanta calma algo en su cabeza retumbaba. Negro. Desorden dentro del orden. Ruido dentro del silencio. Cerró los ojos pintados de rosa, frunció los labios teñidos de rojo, y luego en un gesto desesperado se agarró la frente fría y blanca. Una gota, plic, otra gota, plac. Plic, plac, plic, plac, pli, pla, pli, pla, pi, p, p, p...Sus ojos se cerraron y la lluvia se llevó sus pensamientos. Blanco.
Orchestra
Mirás al escenario, los violines se mueven como si estuvieran sostenidos por miles de hilos, la mano del pianista que se mueve freneticamente, la melodia que te hace ladear la cabeza, el de al lado que se esta babeando de sueño, las señoras con sus tapaditos de piel.
La musica puede no haberte gustado, pero indiscutiblemente el ambiente es hermoso.
Al salir estas otra vez en la avenida, tu mundo normal; ahora no son los violines ni las manos del pianista los que se mueven, sino las miles de luces, las piernas de la gente, los autos; las melodias que se escuchan son solamente alarmas de autos y la cumbia altisima del auto de al lado. En tu mundo normal es así.
Y bueno.
2
El chico tímido y callado, ese era Emille VonBandeur. Ahora se encontraba en su clase de matemática, sentía la mirada de todos en su espalda. Tenía 10 años, el pelo rubio y enrulado y no era muy alto. Era su primer día en el colegio Juniper de París, y se había acomodado en la fila de atrás.
-Hay un nuevo alumno- dijo la profesora Hiêt- su nombre es Emille.
-Hola Emille- le susurró una chica sentada a su lado, él no la había visto, estaba sumido en sus pensamientos. Tenía el pelo castaño y muy lacio que le caía hacia un costado de la cara y una sonrisa gentil.
-Ahh, em hola...
-Relájate, matemática es simple aquí, la profesora Hiêt no es exigente
Emille sonrió.
-Me llamo Lucile-dijo ella mientras escribía la fácil ecuación que la profesora había escrito en el pizarrón.
"Lucile", pensó Emille.
-Qué lindo nombre- le dijo.
Lucile sonrió.
Sonó el timbre para el receso, y todos saltaron de sus pupitres para salir. Emille se sobresaltó, la gente allí era muy inquieta e impaciente, no así como donde él solía vivir, en el pueblo de Endorée, una pequeña localidad en el interior de Francia. Se habían mudado ya que habían transferido a su padre, que trabajaba en el Correo Central.
A Emille le gustaba tocar música, así como escucharla, tocaba el piano, la batería y estaba comenzando a practicar bajo. Le gustaba el cine, y sus películas favoritas eran las de los años '50.
A Lucile le gustaba cantar, así como apreciar las vocales ajenas, cantaba blues, rock y estaba comenzando a gustarle el jazz. Le gustaba el teatro, y sus obras favoritas eran las románticas.
Pronto se habían convertido en grandes amigos, compartían todo, el almuerzo, los gustos musicales, películas, las chocolatadas del Jacques de la esquina, los libros, y también las excusas para no hacer gimnasia en el colegio.
Todo fue así hasta un invierno cuatro años más tarde, en el que a Lucile le anunciaron que se mudarían a Buenos Aires.
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Emille nunca se había sentido tan triste en sus ahora cumplidos 14 años de vida, la quería demasiado. Hasta se le había pasado por la cabeza que le gustaba Lucile, y ella a él y que eran almas gemelas. De un modo u otro la extrañaría demasiado. Debía verla antes de que se fuera.
"Lucile, tengo verte urgente. Llámame por favor. Te amo, Emille". Le había dejado ese mensaje en su telefono, no le importó si decía que la amaba, si ella se daba cuenta o no, o si sentía lo mismo o no. Sólo sabía que no podía decirle un simple "adiós" a su despedida.
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Los días pasaron, Lucille no llamó. Emille entró en la locura. Hasta sospecharon que tenía alguna enfermedad, pues le dolía la cabeza todos los días y se sentía muy mal y solo.
No sabía cuando se iría ella, no entendía nada de lo que pasaba.
De pronto un día el teléfono sonó, Emille corrió a atender, era el llamado deseseperado de su amiga, que le decía que se había cortado la línea, y que no había podido llamar, y que no podía ir a su casa porque...Y a Emille no le importaron más los pretextos, estaba feliz sólo de escucharla, y se perdió en su voz a través del tubo.
Lucile tuvo que preguntarle si seguía ahí para que él respondiera. Dijo que sí y que la extrañaba mucho. Ella respondió que también. Él preguntó cuando se iba, ella dijo que al día siguiente a las 12:30 de la noche. Él preguntó si podía por favor quedarse, y ella dijo que no podía luchar contra la voluntad de su duro padre. Él dijo que en ese caso la iría a despedir. Se saludaron y se desearon buenas noches. Ella cortó, y él se quedó con el tono del telefono cortado en su oreja.
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Era el día, era la hora, era el lugar. Emille estaba en el aeropuerto, a las 12 menos 5. Lucile llegó al aeropuerto a las 12. De pronto se vieron, él la miró y sus sonrisas se chocaron como dos destellos de luz. Él corrió hacia ella, en medio de la gente y los bolsos de viaje.
Ya no hicieron falta las palabras, esa vez no necesitaban sus largas charlas; esa vez sólo hizo falta una mirada de los pequeños ojos azules de él a los grandes ojos marrones de ella, para que Emille VonBandeur y Lucile Martinique se entendieran y sellaran su despedida con un simple beso.
1
Ella entró al bar, él la miró entrar. Ella pidió un café después de sentarse a dos mesas de él, mientras él leía su libro muy concentrado. El lugar estaba casi vacío, notó ella, y el único sujeto sentado cerca (aparte del hombre, a quién ya había fijado la mirada) ,era un viejo señor, que con cara de desconcierto, hacía el crucigrama del diario del día anterior.
Ella sentía la mirada del hombre en la espalda, una presión que casi la forzaba a voltearse. Trataba de concentrarse en su café, revolviendolo con una cucharita mientras el azucar se disolvía en la taza, pero en un momento, no aguantó más. Se dio vuelta, él la miró, sin minima expresión de sorpresa, pues era su plan lograr que ella se diese vuelta. A ella le pareció alguien agradable, y quiso saber qué libro estaba leyendo.
Él la vio moviendo la cabeza y retorciendose un poco y obvió que quería saber el título del escrito, pues era parte de su plan, así como también habia logrado que se diese vuelta. "El Amor en los Tiempos del Cólera" le dijo, con tono teatral. Ella asintió con una brillante sonrisa, y meditó que hacer, ir a hablarle, o quedarse sentada.
Antes de que pudiera decidir, él se paró y caminó hasta su mesa. Le preguntó: "Te gusta?". A lo cual ella respondió que sí, que le gustaba mucho. Él le sonrió, y mirando el lugar, tratando de remarcar que estaba vacio y que el viejito se habia dormido, arrimó una silla a su mesa. "Me llamo Adrien"le dijo. Ella respondió un poco sonrojada, que se llamaba Anne.
"Mucho gusto" le dijo él, y a continuación: "¿Qué hace una muchacha tan bonita a esta hora sola en un café?". Ella bajó la vista, con expresión muda. "Espero a alguien" respondió. Él dijo: "Ya veo, ¿un amor no correspondido?". Ella asintió, diciendo que de alguna manera podría llamarse así.
El hombre le dijo con cara muda que no vendría, que él lo sabía. Ella por un momento lo miró como quién ha visto una cosa extrañisima, e instantes después largó al llanto, timidamente, pero al llanto. Él se puso de pie, se puso su abrigo y se retiró. Claro, él sabía todo, sabía quién era ella,sabía que concurría todos los días a ese bar porque esperaba a su amor, (y Adrien sabía quién era él), sabía que dejaría el libro en la mesa, para que Anne fuese a encontrar una foto de ella misma dentro, junto a una carta de su amor no correspondido.
Adrien lo sabía todo, y ella acababa de saberlo.
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