El chico tímido y callado, ese era Emille VonBandeur. Ahora se encontraba en su clase de matemática, sentía la mirada de todos en su espalda. Tenía 10 años, el pelo rubio y enrulado y no era muy alto. Era su primer día en el colegio Juniper de París, y se había acomodado en la fila de atrás.
-Hay un nuevo alumno- dijo la profesora Hiêt- su nombre es Emille.
-Hola Emille- le susurró una chica sentada a su lado, él no la había visto, estaba sumido en sus pensamientos. Tenía el pelo castaño y muy lacio que le caía hacia un costado de la cara y una sonrisa gentil.
-Ahh, em hola...
-Relájate, matemática es simple aquí, la profesora Hiêt no es exigente
Emille sonrió.
-Me llamo Lucile-dijo ella mientras escribía la fácil ecuación que la profesora había escrito en el pizarrón.
"Lucile", pensó Emille.
-Qué lindo nombre- le dijo.
Lucile sonrió.
Sonó el timbre para el receso, y todos saltaron de sus pupitres para salir. Emille se sobresaltó, la gente allí era muy inquieta e impaciente, no así como donde él solía vivir, en el pueblo de Endorée, una pequeña localidad en el interior de Francia. Se habían mudado ya que habían transferido a su padre, que trabajaba en el Correo Central.
A Emille le gustaba tocar música, así como escucharla, tocaba el piano, la batería y estaba comenzando a practicar bajo. Le gustaba el cine, y sus películas favoritas eran las de los años '50.
A Lucile le gustaba cantar, así como apreciar las vocales ajenas, cantaba blues, rock y estaba comenzando a gustarle el jazz. Le gustaba el teatro, y sus obras favoritas eran las románticas.
Pronto se habían convertido en grandes amigos, compartían todo, el almuerzo, los gustos musicales, películas, las chocolatadas del Jacques de la esquina, los libros, y también las excusas para no hacer gimnasia en el colegio.
Todo fue así hasta un invierno cuatro años más tarde, en el que a Lucile le anunciaron que se mudarían a Buenos Aires.
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Emille nunca se había sentido tan triste en sus ahora cumplidos 14 años de vida, la quería demasiado. Hasta se le había pasado por la cabeza que le gustaba Lucile, y ella a él y que eran almas gemelas. De un modo u otro la extrañaría demasiado. Debía verla antes de que se fuera.
"Lucile, tengo verte urgente. Llámame por favor. Te amo, Emille". Le había dejado ese mensaje en su telefono, no le importó si decía que la amaba, si ella se daba cuenta o no, o si sentía lo mismo o no. Sólo sabía que no podía decirle un simple "adiós" a su despedida.
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Los días pasaron, Lucille no llamó. Emille entró en la locura. Hasta sospecharon que tenía alguna enfermedad, pues le dolía la cabeza todos los días y se sentía muy mal y solo.
No sabía cuando se iría ella, no entendía nada de lo que pasaba.
De pronto un día el teléfono sonó, Emille corrió a atender, era el llamado deseseperado de su amiga, que le decía que se había cortado la línea, y que no había podido llamar, y que no podía ir a su casa porque...Y a Emille no le importaron más los pretextos, estaba feliz sólo de escucharla, y se perdió en su voz a través del tubo.
Lucile tuvo que preguntarle si seguía ahí para que él respondiera. Dijo que sí y que la extrañaba mucho. Ella respondió que también. Él preguntó cuando se iba, ella dijo que al día siguiente a las 12:30 de la noche. Él preguntó si podía por favor quedarse, y ella dijo que no podía luchar contra la voluntad de su duro padre. Él dijo que en ese caso la iría a despedir. Se saludaron y se desearon buenas noches. Ella cortó, y él se quedó con el tono del telefono cortado en su oreja.
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Era el día, era la hora, era el lugar. Emille estaba en el aeropuerto, a las 12 menos 5. Lucile llegó al aeropuerto a las 12. De pronto se vieron, él la miró y sus sonrisas se chocaron como dos destellos de luz. Él corrió hacia ella, en medio de la gente y los bolsos de viaje.
Ya no hicieron falta las palabras, esa vez no necesitaban sus largas charlas; esa vez sólo hizo falta una mirada de los pequeños ojos azules de él a los grandes ojos marrones de ella, para que Emille VonBandeur y Lucile Martinique se entendieran y sellaran su despedida con un simple beso.